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Quellonbia, Chiloé, Chile


Chile | Opinión
Publicada:2016-11-29
Por Julio Mayorga

El insigne, bíblico, loable oficio de dar desasosiego amoroso fugaz a hombres tristes y solos.  Hombres solos que invernan sueños ardorosos, probablemente desamparados de la mano de Dios




Julio Mayorga - Ancud

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De tanto no creer en nuestro propio mundo de hechizos, los chilotes, o más bien de estar convencidos que la literatura y el encantamiento, ocurre en los libros, entiéndase en las novelas de García Márquez o Rulfo, incluso en las crónicas de sortilegio de Vargas Llosa y sus putas remontando el amazonas peruano, para ejecutar la noble misión, en clave de aprestos de guerra, de satisfacer los ímpetus de algunos muy cachondos milicos; se nos pasa por alto nuestros propios caudales macondianos insertos desde siempre en estas comarcas isleñas, donde mora la lluvia y otras criaturas. 

En un Diciembre isleño, desconozco el año exacto, se realizó una Quellotón, esto es, un acto solidario auspiciado por la Municipalidad de Quellón para reunir fondos para, claro, la Teletón. Solo por buscar culpables, se supone que los hechos que se narran nacen de la mente del Alcalde de turno. No hay constancia del hecho.


En el frontis del edificio Muncipal del pueblo, se organizó un espectáculo artístico, con figuras locales de la música y los consabidos dobles- igualitos a…- tributos a… algunos exponentes de la ranchera mejicana locales, etc. El número fuerte de la tarde-noche lo constituía un baile de hermosas damas, mulatas de fuego, provenientes de nuestro hermano país de Colombia. Bellísimas, curvilíneas, con el calor y fragor ardiente de África y el regalo perfecto de lo no prohibido que por obra de Mandinga, y gracias a Dios-, heredó la mujer de nuestra América morena.


Ejercían en el tórrido Quellón, (Tórrido de animosidad carnal, porque, de clima, claro, es frío) la profesión más antigua del mundo. El insigne, bíblico, loable oficio de dar desasosiego amoroso fugaz a hombres tristes y solos. Hombres solos que invernan sueños ardorosos, probablemente desamparados de la mano de Dios, pero, seguro no de sus propias manos, que en más de una ocasión, en soledad, esas manos habrán sabido dar satisfacción momentánea a esas ardientes fantasías, en un supremo acto de justicia, por lo demás.


El caso es que regalaron a la distinguida audiencia, conformada por recios hombres de mar, esposas, niños y niñas menores -una mezcolanza de auditorio sin censura- un excitante, erótico, caliente y estrepitoso Baile del Caño. El acto se profesaba en símbolo del Poder Local: El frontis del edificio Consistorial de Quellón, sacrosanto templo del respeto cívico…  y los aparejos donde se procedió a la liturgia del Baile del Caño eran nada menos que los mástiles de izar las banderas, el soporte santificado en los cuales enhiestas y sin mancha mecíanse al viento el emblema patrio, el blasón del pueblo Williche y la divisa de la comuna. 


Si, los mástiles sagrados donde ondean los símbolos del orgullo de la Patria, se habían transformado en lujuriosos caños para el gozo lascivo del espíritu y del cuerpo.


Lo que parece, solo parece, porque no lo es, incongruente con la dignidad de nuestros emblemas, es lo inusual del acto. Romper los fines, pretendidos nobles, de los mástiles por un juego de encanto carnal. 


Es ésta dimensión, creo, la que impregna la jornada de sabor macondiano, de embrujo y transgresión y rompe el esquema de los mástiles como soporte de la simbología de dignidad patria, para dar lugar a unas otras banderas, que desde el quiebre del decoro, pero orientada a buenos fines, se permiten flamear otros blasones, que unas codiciadas putas colombianas, ondearan como símbolos de las pulsaciones sexuales varoniles y también, por qué no, las fantasías de Lesbos y que desde sus codiciadas y prometedoras entrepiernas de comercio asentadas en los mástiles de nuestras banderas fluyeran deseos que superaran nuestro (legítimo?) orgullo patrio, es lo notable y modestamente, digno de contarse.


 La permisividad oficial, el hecho de ser hermosas mulatas, mercaderes de dulce amor de la bendita Colombia, los mástiles al servicio de mejores causas que soportar las enseñas patrias, eso es de Macondo.
 Y que pase en Quellón, no en un cuento de Gabito, eso es lo narrable. El evento fue un éxito, obviamente.


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