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Luis Silva Irarrázaval, vino a recordarnos que Chile sigue siendo...

Chile/ Perfil

Luis Alejandro Silva, el misionero.

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ilva es heredero de ese estilo tranquilo, pero inflexible; agradable, pero doctrinario de los primeros gremialistas. Pureza que es también la que por momentos embriaga al mismo José Antonio Kast, también sonriente y bien peinado, pero convencido de que sus “adversarios” son también “enemigos”. No enemigos personales, ni políticos, sino enemigos de la verdad, la absoluta e infranqueable verdad que tienen la cuestionable suerte de conocer de más cerca que el resto.

La carta de los 38 primos en apoyo al nuevo consejero constitucional, Luis Silva Irarrázaval, vino a recordarnos que Chile sigue siendo una sola y gran familia. No lo es solo la clase alta, de la que ya es costumbre burlarse por su propensión a casarse entre parientes, sino también la clase media y las clases populares.

Lo que caracteriza a Chile, para bien y para mal, son los lazos profundos, secretos, y no tanto, que unen a esas clases en una compleja red de parentescos, traiciones y olvidos que, en momentos de crisis de identidad como la que vivimos ahora, vuelve a recobrar al mismo tiempo su aplastante peso y su redentor poder.

Huachos, hermanos de leche de la misma nodriza, Chile es un país pasillo donde todos terminamos tarde o temprano por mezclarnos. Un país puertas adentro en que los trapos sucios se lavan en casa, aunque también se manchen ahí mismo. Algo que retrató mejor que nadie Sebastián Silva (con guion de Pedro Peirano) en “La Nana” de 2009. Película que en su tiempo provocó escándalo por su falta de victimismo y su aguda ironía. Ironía perfecta que se cierra justamente en el hecho de que el hermano del director sea el mejor representante del revival conservador que vive nuestro país; que sea justamente el hermano mayor del director de esa película, el profesor Silva, especialista en Derecho Constitucional elegido con una mayoría aplastante en las elecciones de este último domingo. Consejero constitucional calificado por el director como un “peligro nacional”.

Luis Alejandro Silva, bien peinado, sonriente, tiene el aspecto lozano y juvenil de los que han sido viejos desde jovenes. Aunque quizás sea también esa una ilusión porque su adhesión al Opus Dei fue justo una rebeldía juvenil, o al menos una sorpresa inesperada en una familia católica, pero de un modo más liberal.

En el hogar Alameda para aprendices de Numerarios, donde se formó, tocaba batería, era “buena onda” y nunca se enojaba por nada. Se presentó a candidato al centro de alumnos de derecho de la Universidad Católica junto con liberales como Cristóbal Bellolio, con votos de los DC, ganando de manera más o menos aplastante. Aunque el motor de ese pluralismo inesperado era la convicción de que los gremialistas que dominaban la escuela de Derecho habían traicionado el verdadero espíritu de su fundador Jaime Guzmán.

Silva es heredero de ese estilo tranquilo, pero inflexible; agradable, pero doctrinario de los primeros gremialistas. Pureza que es también la que por momentos embriaga al mismo José Antonio Kast, también sonriente y bien peinado, pero convencido de que sus “adversarios” son también “enemigos”. No enemigos personales, ni políticos, sino enemigos de la verdad, la absoluta e infranqueable verdad que tienen la cuestionable suerte de conocer de más cerca que el resto.

Creen, y eso es envidiable. Creen y es una torpeza cuestionarlo o minimizarlo por ello. Aunque en el núcleo de su fe hay una contradicción insalvable que es justamente el centro de la neurosis que habita tarde o temprano en el cristianismo ultraconservador. La razón porque ese conservadurismo cristiano es en todas partes del mundo el motor de los más exitosos proyectos políticos contemporáneos, proyectos que, como la vieja UDI, se autodestruyen.

Una neurosis central que no tiene que ver con su conservadurismo, que después de todo es una manera bastante coherente de vivir, sino con el liberalismo o incluso el libertarismo con que lo acompañan. Porque tiene plena lógica ser cristiano y oponerse al aborto, pero no tiene ninguna, al mismo tiempo, celebrar a las isapres o a las AFP. Es lógico pensar que tener hijos o no, divorciarse o no, no es una decisión personal o individual sino colectiva, social o comunitaria, pero no tiene sentido, al mismo tiempo, decir que para jubilar o enfermarse cada uno tiene que rascarse con sus propias uñas.

En materia sexual el cristianismo se adaptó a las costumbres y leyes de su tiempo, pero en materia de impuestos innovó y dejó dicho a los que no querían pagarle impuesto al emperador que había que pagarle “al César lo que es del César”. O la idea de que los pobres, por ser pobres, son más cercanos de Dios y los ricos por ser ricos se quedarán atrapados con sus camellos en el ojo de una aguja. Cristo no era liberal en lo “valórico” pero mucho menos lo era en lo “económico” porque para él no existía separación entre los dos mundos, el del sexo y el dinero, el de la moral privada y la económica. O más bien, ser liberal es pensar que existe esta separación que es la contradicción insalvable con que se enfrenta Luis Silva al hacer política siguiendo y en nombre de Jesucristo pasando por alto la mitad más importante de lo predicado por éste.

El debate central en Estados Unidos como en Chile o en Brasil, es justamente entre la vieja visión cristiana del mundo, representaba muchas veces por gente que cree detestarla, y una visión pagana del mismo, representada por gente que se cree cristiana. Luis Silva quiere pertenecer a los dos mundos sin dejar ninguno de los dos atrás. En ese sentido se parece a Fernando Atria mucho más de lo que quisiera. Los extravíos de la convención anterior tenían mucho que ver con imponerle a todos una visión cristiana del mundo.

El extravío de la próxima podría provenir del mismo origen, aunque en sentido contrario. Tengo la impresión de que estos debates teológicos a los chilenos nos embrujan porque nos recuerdan una fe perdida, pero, al mismo tiempo, a la larga nos recuerdan que estamos lejos de creer tanto y que, más bien, nuestra única fe inquebrantable es una enorme duda de todo y de todos, de la que no salimos nunca del todo.


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Autor: Rafael Gumucio
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