El cazador de sueños
América Latina | Literatura

El cazador de sueños


Por Agencias
Publicada:2019-05-18

Cuando la conocí y la tuve a mi lado, fue algo así como reencontrarme con los años, quizás siglos milenarios que habían caído una y otra vez de las hojas del calendario. Un reencuentro con aquellos tiempos en que yo la iba buscando más allá de los momentos.


La conocí un día sábado, cuando la primavera se asomaba con la timidez de los primeros días. En el mundo las cosas seguían como el invierno anterior, en el trabajo habían despedido a tres colegas --no hay dinero les decía el director mientras ponía cara de circunstancia - . En el tercer mundo miles de niños morían de hambre mientras que en los países desarrollados el derroche era una orgia perpetua. También como el año anterior, es decir, como desde años centenarios Los Estados Unidos De América habían invadido un país, y declarado una guerra. Ella traía la primavera en su esencia y en su alma habitaban sueños de futuro. Yo venía por la vida cargando una mochila pesada, llena de amor y desamor. Venía con dos heridas; la de la vida y la del amor. Aún en esos días sentía la muerte rondando mi esquina, acechando mis pasos, golpeando a mi puerta con sus guadañas, con su manto de sombras . Cuando caminaba por las calles sentía su aliento gélido, su aire glacial detrás de mí, casi pegado a mi espalda. En esos tiempos iba por la vida, con el hastío acompañándome en horas vacías, en momentos muertos en los que todos los días eran el reflejo de días anteriores.

Yo iba de luto, viviendo tiempos de desamor y me preguntaba ¿Dónde están? ¿Dónde quedaron los momentos, las promesas y los juramentos de amor y de pasión infinita? Yo iba recordando a Gabriela y acordándome que en el último acto bajó el telón. Y que antes de irse dejó su imagen en todos los espejos, y su último adiós en el velador. Apagó la luz y salió de la casa sin volver la vista atrás. Cuando ella se fue mi mundo quedó ha oscura, la luna y las estrellas eran más lindas cercana cuando las contemplaba abrazado a ella. Para olvidarla comencé a escribir poemas, pasaron los días, los meses y sin que me diera cuenta, un día me sorprendí ante la evidencia de estar escribiendo los últimos versos de un libro de poemas. Para entonces yo era para ella la sombra de un pasado efímero. Ella era para mí la mujer que habitaba en los espejos. Y la certeza de que Pablo Neruda teniá razón en eso de " es tan corto el amor, y es tan largo el olvido " Habían pasado más de 2 años y no podía olvidarme de ella. Iba por la vida con la herida del amor que renacía en los momentos de la melancolía, todavía no podía superar el dolor que dejó en mi alma la ruptura con Gabriela. Ella es poeta con actitud y alma de gitana, cuando se fue me dejó poemas en los espacios de la ausencia y maldiciones de por vida.

Después de la partida d Gabriela, yo iba por los caminos de la vida con una herida de amor, en las noches me acompañaba el silencio. Yo conversaba con la soledad en noches que eran eternas. Fue por esa época en que conocí a Amanda, desde la distancia llegó a mi mundo de copos de nieve, de soledades y silencios perpetuados en el tiempo. Yo que iba sobreviviendo mi existencia juntando los recortes de las revistas de corazón, leyendo los titulares de los diarios, mirando noticias o películas en la televisión. Todo en un intento de que el tiempo pasara desapercibido y no tener que mirarlo a los ojo enfrentarse a él porque presentía que ese día sería como mirarme desde afuera hacía adentro y encontrarme con la inevitable certeza del cambio en mi entorno superficial y mortal, y con la permanencia inmutable de mi alma. Yo ya había vivido mucho y traía en mi equipaje vivencias y años de amor y de luchas.

En un intento de pasar las horas jugaba con la vida un juego de cartas prolongado en mi afán de ganarle la mano al destino, en días que parecían siglos y en noches infinitas, en blanco y negro, o en colores según los matices de los sueños. Cuando conocí Amanda, cuando la vi supe que había ganado la partida, fue un reencuentro con los pasos perdidos en caminos de hastíos, en carreteras de cemento duro y silencioso. En ella reconocí la presencia y el aliento percibido en cárceles, en las que el miedo eran las gotas de agua cayendo por todos los laberintos del universo y la oscuridad el infinito colgando en el espacio vendado de mis ojos. Le conté gran parte de mi vida y algunos de mis secretos. Amanda comenzó a contarme sobre su vida, fue así que poco a poco conocí su alma, entonces abrí la valija y desde el rincón de los recuerdos, saqué mis tesoros guardados desde mi niñez y le regalé un arco iris para que pinte sus días de colores, el canto de los pájaros para que alegren su existencia, como ofrenda le ofrecí lo colores de las hierbas y flores silvestres de los montes para que impregnen su piel de aromas y de esencias.

Cuando la conocí y la tuve a mi lado, fue algo así como reencontrarme con los años, quizás siglos milenarios que habían caído una y otra vez de las hojas del calendario. Un reencuentro con aquellos tiempos en que yo la iba buscando más allá de los momentos perpetuados en los murales de los verbos más allá de las palabras que por ser tantas veces escritas o dichas se repetían a si mismas. Eran los tiempos en que para encontrarla asumí todos los elementos en mi mismo; fui agua, aire, tierra y fuego, mis huellas quedaron dibujadas en las aguas de los mares, en las profundidades de los volcanes, en las alturas de mundo estelares. En ese intento me demostré a mi mismo que la materia tiene el divino embrujo de la transformación permanente y eterna, y que las almas van en vuelos astral a través del tiempo y del espacio. Con actitud y afán de cazador de sueños, cada noche soñaba por si aparecía en ellos, hasta que un día la encontré pero no en los sueños, sino que en la vida cotidiana.

Ella venía caminando hacia la primavera, era la que buscaba mi alma, traía el territorio prometido en su cuerpo, y en su piel las caricias esperaban. La vi desde lejos y con aptitud de guerrillero, urbano me dispuse atacarla, estaba pensando en eso cuando ella me vio, se acercó y desde tres metros de distancia me desarmó con su sonrisa. Yo emprendí la retirada, al cabo de un tiempo cambié de táctica y desde la distancia le envié un mensaje de amor en clave que fue descifrando en días venideros y noches desoladas. Cuando terminó de leer la última palabra vio como su alma alborotada volaba por todos los rincones de la habitación. En ese momento le envié un mensaje que acarició su piel encendió su alma. Entonces me acerqué, cuando me vio comprendió que mis palabras habían invadido su cuerpo, me deslicé por cada rincón de su territorio conquistado y en actitud de entrega. Besé palmo a palmo su piel, acaricié centímetro a centímetro toda la geografía de su cuerpo.

Al igual que yo, Amanda también venía herida y estaba viviendo tiempos de desamor. Había terminado con Marcelo, con él había tenido una relación de tres años. Cuando yo la conocí hacían 6 meses que habían terminado, ella me contó que fue una decisión mutual. Es por eso que teníamos un pacto que ninguno de los dos tenía que dejar de cumplir, habíamos quedado de acuerdo en que no teníamos que enamorarnos. Amanda hizo que Gabriela con el tiempo fuese una sombra que se quedó en el pasado, el tiempo pasaba ante nosotros con su manto de aromas y colores seguía su camino por la vida. Ella comenzó a decirme cosas, yo percibí que ella estaba pasando los limites que mutuamente habíamos trazado, me decía que yo era todo lo que ella había soñado el hombre ideal, el esperado, imaginado. Yo por mi parte había comenzado a darme cuenta de que ella me hacía bien , debe de ser por eso que yo le creí y poco a poco fui saliendo de ese rincón sombrío al que me había exiliado. Fue entonces que abrí las ventanas, rayos de luz y sol comenzaron a entrar tímidamente abrigando e iluminando hasta la región más oscura. Fue algo hermoso sentir la luz y el calor entrando a los rincones existenciales de mi vida, pero me di cuenta que era insuficiente. Entonces abrí las puertas de par en par, ella entró y fue mujer, reina, musa, a todo lo largo y ancho de ese territorio que hasta entonces había estado sumergido en un abismo de tinieblas. Cada día pasábamos más y más tiempo juntos, Amanda era lo contrario d Gabriela, no sólo físicamente sino que espiritualmente. Era morena y sus ojos verdes me hacían pensar en los limoneros que cuando niño, acompañaban mis lecturas cuando yo sentado bajo la sombra de ellos leía libros y revistas de aventuras. Era simpática, sociable, culta, inteligente y comunicativa. No era bella pero yo nunca había buscado la belleza física en una mujer, sino a la mujer que me hiciera sentir que valía la pena vivir y que al verme feliz junto a ella, la soledad emprendiera la retirada. Su pelo negro, largo y rizado me fascinaba, sobre todo cuando jugaba con el viento. Me encantaba su andar, el ritmo y la cadencia de sus pasos.

Íbamos al cine, a museos, al teatro a conciertos, y a veces a bailar. Sentíamos que el tiempo pasaba por nuestro lado casi sin sentirlo. Cada día nos estábamos más a gusto, no obstante había veces que se quedaba en silencio, pensaba y suspiraba, pensaba y suspiraba, yo no entendí o quizás no quise entender los motivos de esos momentos. Hacían un año que andábamos juntos, cuando tuve que viajar a Paris por razones de trabajo, ahí estuve cinco meses, hablábamos por teléfono casi a diario. Terminé el trabajo en Paris y volví con el alma llena de sueños y proyectos, durante todo el tiempo en París, viví soñado con Amanda. Y sentí que ella era la mujer con la que había soñado encontrar para compartir mi vida. Desde el mismo día de mi regreso sentí y me di cuenta que ella no era la misma, la notaba distante, lejana, ya no era cariñosa y muchas veces se quedaba callada durante largos momentos. A veces esquiabas mis caricias, sentí que mis caricias no despertaban las pasiones que la habitan.

Un día Amanda cerro puertas y ventanas, me dejó una carta en la mesita del salón. Salió de la casa y se fue sin volver la vista atrás. Ese día cuando entré a la casa lo primero que vi fue la carta que Amanda me había dejado. La abrí y comencé a leer " Iván, sé que cuando lea estas líneas te voy a causar un gran dolor, sé que tenía que habértelo contado antes, pero sabía que cuando nos conocimos venías con la herida que te había causado Gabriela. Pero no puedo seguir mintiéndote, estuviste cinco meses en Paris, ya sé que fue por asuntos de trabajo. Durante tu ausencia Marcelo me llamó por teléfono, en los días siguientes conversamos todos los días, quedamos de encontrarnos, fui al lugar de la cita y cuando lo vi venir hacia mí , fue como nacer de nuevo. Sentí que me costaba respirar y que el corazón era un caballo desbocado cabalgando por mis venas, mis arterias y mi sangre. Sentí como que un terremoto en todo mi cuerpo, las piernas apenas me sostenían y todo daba vuelta a mí alrededor. Entonces me dejé llevar por la evidencia de que nunca había dejado de amarlo y desde ese día no hemos dejado de vernos. Cuando tú regresaste de Paris, no tuve el valor de contártelo, y como sé que nunca podré decírtelo mirándote a la cara, es que no he visto otra alternativa que dejarte esta carta.Siempre te voy a recordar con cariño, fuiste muy importante para mí, y me diste muchas cosas, sosiego a mi alma, cariño y amor, siempre te voy a recordar con ternura, amor y pasión. Pero durante todos estos días que he estado con Marcelo me he dado cuenta que todo que tú me has dado no alcanza para llenar todos los tiempos y todos los espacios de mi alma, de mi piel y de mi vida, como lo hace Marcelo. Querido Iván siempre te voy a recordar, has sido muy importante en mi vida, llegaste en el momento preciso, sé que vas a pensar que no te quise, sé que vas a pensar que me aproveche de ti y que soy una egoísta. Pero quiero que sepas que te quise y quiero mucho y que me duele darte este dolor. Espero que algún día encuentres la mujer que la vida y el destino tiene para ti. Gracias por el tiempo y por el cariño y el amor que me diste, adiós".

Cuando eso sucedió, cuando ella se fue, mi mundo quedo a oscura. Entonces para no acordarme de ella comencé a escribirle cartas en días de nostalgia y noches desveladas. Escribí,escribí y escribí cartas que nunca le envié. Sin notarlo ni darme cuenta, hasta que un día me encontré ante mi propio asombro al ver las cartas invadiendo todos los rincones de la casa. Aún en estos días, ella sigue presente en mi vida y aún la recuerdo. Y sé que para ella soy sólo un recuerdo. Lejos distante tras las cortinas del tiempo y del olvido. Yo me he quedado con la nostalgia de los sueños rotos y la sensación de ser nada más que el cazador de sueños.

Por: Norton Robledo





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